Jeremías 1:1

1LAS palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes que estuvieron en Anathoth, en tierra de Benjamín.

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Acerca de Jeremías capítulo 1 versículo 1:

El Libro de Jeremías (en hebreo, abreviado Jer. o Jerem. en citas) es el segundo de los Últimos Profetas en la Biblia hebrea, y el segundo de los profetas en el Antiguo Testamento cristiano.1 El sobrescrito en el capítulo 1:1-3 lo identifica como «las palabras de Jeremías hijo de Hilcías», y coloca el profeta históricamente de las reformas del rey Josías en 627 a. C. hasta el asesinato del gobernador de Judá designado por Babilonia en 582 a. C. De todos los profetas, Jeremías se muestra más claramente como una persona, reflexionando con su escriba Baruc sobre su papel como un siervo de Dios con pocas buenas noticias para su audiencia.

Jeremías está escrito en un hebreo muy complejo y poético (aparte de el versículo 10:11, curiosamente escrito en arameo bíblico). Ha llegado en dos versiones distintas, aunque relacionadas: una en hebreo, la otra conocida desde una traducción griega. Los estudiosos han tenido diferentes opiniones en cuanto a cómo reconstruir los aspectos históricos del Libro de Jeremías, debido a las diferencias que cada versión contiene en comparación con la otra. El libro es una representación del mensaje y el significado del profeta destinado sustancialmente a los judíos en el exilio en Babilonia: su propósito es explicar el desastre como la respuesta de Dios a la adoración pagana de Israel: el pueblo, afirma Jeremías, es como una esposa infiel e hijos rebeldes: su infidelidad y rebeldía hacen al juicio inevitable, si bien se anuncia la restauración y un nuevo pacto.

Contexto histórico

El contexto de Jeremías se describe brevemente en el sobrescrito en el libro: Jeremías comenzó su misión profética en el decimotercer año del rey Josías (alrededor de 627 a. C.) y terminó en el undécimo año del rey Sedequías (586 a. C.), con «la cautividad de Jerusalén en el mes quinto». Durante este período, Josías reformó la religión judaíta, Babilonia destruyó Asiria, Egipto impuso brevemente el estatus de vasallo a Judá, Babilonia derrotó a Egipto e hizo a Judá un vasallo de Babilonia (605 a. C.), Judá se rebeló, pero fue subyugado nuevamente por Babilonia (597 a. C.), y Judá se rebeló una vez más. Esta revuelta fue la final: Babilonia destruyó Jerusalén y su Templo y exilió a su rey y muchos de los principales ciudadanos en 586 a. C., poniendo fin a la existencia de Judá como un reino independiente o casi independiente e instaurando el exilio en Babilonia.

Plegaria del Día

Oración por la Asunción de la Virgen


Alégrate y gózate Hija de Jerusalén

mira a tu Rey que viene a ti, humilde,

a darte tu parte en su victoria.

 

Eres la primera de los redimidos

porque fuiste la adelantada de la fe.

 

Hoy, tu Hijo, te viene a buscar, Virgen y Madre:

“Ven amada mía”,

te pondré sobre mi trono, prendado está el Rey de tu belleza.

Te quiero junto a mí para consumar mi obra salvadora,

ya tienes preparada tu “casa” donde voy a celebrar

las Bodas del Cordero:

 

• Templo del Espíritu Santo

• Arca de la nueva alianza

• Horno de barro, con pan a punto de mil sabores.

 

Mujer vestida de sol, tu das a luz al Salvador

que empuja hacia el nuevo nacimiento

Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho

de parte del Señor, en ti ya se ha cumplido.

 

María Asunta, signo de esperanza y de consuelo,

de humanidad nueva y redimida, danos de tu Hijo

ser como tú llenas del Espíritu Santo,

para ser fieles a la Palabra que nos llama a ser,

también como tú, sacramentos del Reino.

 

Hoy, tu sí, María, tu fiat, se encuentra con el sí de Dios

a su criatura en la realización de su alianza,

en el abrazo de un solo sí.

 

Amén.